La Noche Que Ale Pidio Motivos Para Llorar

 Hay noches que ya deberían venir con un manual, un backup emocional y un botón de emergencia. Esta fue una de esas.


Todo empezó cuando el primo de Ale se fue. Su mamá llegó de trabajar, se lo llevó, y Ale entró en duelo como si hubiera perdido un tesoro familiar o un Hot Wheels que rodó calle abajo y jamás regresó.

— “¡Perdí mi Primo!” — lloraba, digno de un Oscar.



Lo metí a bañar, pensando inocentemente que el agua le iba a calmar el alma.

Pero no.

El agua estaba muy fría, muy caliente, muy mojada, muy agua.

Le mojé los ojos sin querer.

Le lavé el cabello (crimen contra la humanidad infantil).

Y además, los chichones de la caída le dolían todos al mismo tiempo.


Lo saqué del baño, lo sequé, lo llevé al cuarto.

Y entonces vino la fase astronómica del drama:

Quería ver televisión.

Yo la apagué.

Le dije con mi voz de mamá Zen que ya no tiene Zen:


— “Amor, es de noche, la luna está en el cielo… toca descansar.”


ERROR.

La luna no le gustó.

Pidió el sol.

El sol estaba durmiendo.

Ale lloró porque el sol no estaba disponible en ese momento.

Yo también quería llorar por razones completamente distintas.

Llevaba el día más largo del continente encima:

dos niños, casa, trabajo virtual, urgencias y cero ganas de estar negociando con un ser que llora porque el sol no está disponible.


Entonces solté LA frase.

La frase que toda madre venezolana conoce.

La que uno dice cuando ya no queda nada, ni paciencia, ni cordura.


— “solte Alejandro Sutanito Perencejo de tal! … ¿quieres que te dé VERDADEROS motivos para llorar?”


Y ese niño, sin miedo a Dios ni a la vida, respondió:


— “Siiii…”


Ahí fue cuando David, desde el rincón, volteó con una cara que decía claramente:


“¡NO SEAS LOCA, MUJER!”


Él sí sabe lo que esa frase significa.

La escuchó de su mamá, de su abuela, de maestras, de tías…

Él conoce la historia completa de ese hechizo.


Y aunque él sabe que yo no soy capaz…

NO ME SUBESTIMA.

Menos después de un día tan largo.

Yo tenía cara de dar un discurso en la ONU y aplicar sanciones.


Pero bueno, el niño pidió motivos.

Y yo se los di.


— “Hijo… en Venezuela el dólar está casi en 400 bolívares.”

— “Maduro sigue siendo presidente.”

— “Y Trump está jugando al lobo.”


Ale se quedó callado. Como si le hubieran apagado el sistema.

Él dejó de llorar…

Y yo, por primera vez en toda la noche, sentí que me daban ganas de empezar Yo a llorar.


Fin.


Moraleja: No subestimen una madre agotada. Tiene información clasificada.

Ni un país en crisis.

Ni a un niño que acepta “motivos para llorar” sin leer el contrato.

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