El Olvido

 

Mi esposo olvidó algo… y fue su regreso a Venezuela


Hay días en que la cotidianidad se disfraza de comedia involuntaria, y uno solo puede elegir:

a) perder la paciencia,

b) perder la memoria,

c) soltar la frase más demoledora que se te ocurra y seguir con el almuerzo como si nada.


Spoiler: elegí la opción C.


Llega mi esposo, con ese trote del que viene de ganarse el pan, sudado, hambriento, existencial. Me saluda, me pide comida con el tono exacto de un chivo destetado—una mezcla entre ternura y desespero—y suelta como quien lanza una profecía mal redactada:


—"Amor, se me olvidó algo…"


Silencio dramático.

Miro su cara mientras busca en sus archivos mentales con el rendimiento de un pendrive de 512MB.

Y como el silencio era más largo que su lista de pendientes, le suelto con mi mejor voz de telenovela:


—“Sí… el camino para Venezuela, porque nunca más volviste.”


No supo si reír o pedir perdón por algo que no recordaba. Yo solo seguí sirviendo como si no acabara de lanzarle una micro-bomba emocional con envoltorio de chiste.


Y así es esto, pues.

Nosotras las mujeres locas, intensas, medio salvajes y medio dulces. Las que criamos, trabajamos, sobrevivimos y aún tenemos energía para dejar a alguien palmado con una frase inesperada.

Nosotras que tenemos un archivo de anécdotas donde se mezclan hipopótamos asesinos, primas odiosas, gaticos indomables y pollos que se fríen mientras discutimos sobre ética animal.


Dicen que el humor es un mecanismo de defensa.

Yo digo que es un arma de construcción masiva.

Porque si no fuera por estas locuras… y las de hambre... ¿quién nos rescata?


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